sábado, 30 de junio de 2007

Juan Mouras desempolva música chilena de viejos baúles

Encantado quedó Fernando García, el Premio Nacional de Música, estudioso de José Zapiola y profesor de música chilena en la universidad de Chile, cuando Juan Mouras le entregó su último trabajo, “Guitarra Clásica Chilena del Siglo XIX”, un CD que contiene el resultado de años de investigación efectuado por el guitarrista y compositor nacido en Puerto Montt.

El registro discográfico es interpretado por el dúo Juan Mouras y Guillermo Ibarra. Los arreglos son de Mouras, también lo es la recopilación del repertorio; ese que se solía ejecutar en las llamadas tertulias y que gracias al sentido de responsabilidad humano-musical del guitarrista y compositor no dejó se lo llevará el olvido.

Del disco, la novedad que más impactó a García fue la “Canción Nacional de Chile”, en una versión para guitarra y una edición del Himno de Yungay” (de José Zapiola). Ambas piezas además de ser un exquisito material educativo son parte de la memoria sonora del país, compilada por el empeño de un músico querendón de su raíz.

Mouras lleva un buen tiempo siguiéndole la pista a guitarra chilena, desde que se inició en esa ruta, cuando fue alumno de Jorge Rojas Zegers. En tal andar muchas han sido las sorpresas; algunas incluso inolvidables, como la protagonizada por una “señorita” de 90 años que en el sur del país le comentó que su padre era el organizador de las famosas Tertulias de Temuco y que ella era, ni más ni menos, una de las ejecutantes de aquellas veladas.

Poco a poco reunió partituras del baile de los abuelos y abuelas, y otros testigos de los festejos de antaño, donde nació el cuando, el rin, minué, cuadrilla, zamba, fandango, cielito y la pericona, entre algunas de las danzas que se popularizaron a través de este tipo de reuniones amistosas en las que se departía, tocaba música y se bailaba, llamadas tertulias y otras más populosas, conocidas como las chinganas a las que Zapiola –según Luis Vera Rivera- era asiduo.

Itinerario

Juan Mouras es discípulo de Iván Barrientos y Jorge Rojas Zegers, ganador del primer premio en el Concurso Nacional de Guitarra « Liliana Pérez Corey y activo militante de la vida musical chilena. Ha realizado presentaciones en EE.UU., Argentina, Bolivia, Dinamarca, Suecia (XV Festival Internacional de Guitarra de Estocolmo) y Venezuela (II y III Festival Internacional de Guitarra "Alirio Díaz"). Cuenta con una carrera en que ha sido elogiado por su talento, fuerza interpretativa y destreza técnica. Como compositor ha presentado: “Concierto Chileno para Guitarra y Orquesta de Cámara”, “Fantasía Latinoamericana” (para flauta, guitarra y violoncello), “Noche de Serenatas” (tres danzas latinoamericanas basadas en poemas de Ariel Vicuña), “Cuatro Cantos sobre Alturas de Macchu Picchu”, “La Parábola del Brujo” (para soprano, violín y guitarra, sobre un poema de Mario Miranda) y “Pax” (para oboe y cuarteto de cuerdas).

Su corazón sureño está arraigado en América Latina, donde nace su inspiración y reconoce que su guitarra se ha colmado de resonancias.

“A los tres años de edad llegué a Coyhaique, allí el mundo era blanco ese día porque estaba nevado y muy pronto conocí aires folclóricos entre "chilotes y criollos". Eso me marcó para siempre, porque esa naturaleza-balanza fue como el inicio de un mundo de fantasía, imaginación, contemplación o sea, creación y esa música fue el inicio de un caminar con los aires de tu tierra. Después tomé la guitarra y compuse muy naturalmente y había una búsqueda de lo folclórico. Más tarde con los primeros estudios y partituras de guitarra me acerqué a la música europea y admiré todo ese mundo. Entre esas dos vertientes estaba, cuando conocí la música chilena para guitarra del siglo XIX, que fue como recibir un regalo. Y claro que me di cuenta que darlo a conocer implicaba una gran responsabilidad, porque es un aporte a la cultura y memoria nacional. Por ello el CD se tomó todo el tiempo de preparación que consideramos darle, junto al guitarrista Guillermo Ibarra, hasta que postulamos al Fondart y lo grabamos. Esto nos ha enriquecido, nos ha reafirmado el respeto hacia la música popular y nos ha exigido hacer nuestras mejores interpretaciones, porque esa música merece lo mejor”, cuenta de su responsabilidad como músico, Juan Mouras.

- ¿Cuándo surge en ti la inquietud por indagar la música chilena del Siglo XIX? ¿Cómo fue el proceso de recopilación?
- Cuando era alumno de Jorge Rojas Zegers, en 1983 más o menos, él llegó un día con unas viejas partituras. No sabíamos muy bien de que se trataba, y las hicimos sonar. Tenían anotadas digitaciones y notas. Varias cosas nos llamaron la atención: primero sonaban muy bien, se notaba que el compositor o arreglador era guitarrista, y también que la persona que había usado esas partituras sabía de guitarra, porque sus digitaciones eran muy correctas. Finalmente era muy curioso que fuera impresa en Chile, cosa rara aún hoy, específicamente en Valparaíso por una Casa Kirsinger.

Así fue el encuentro con este material. Posteriormente, Jorge Rojas lo dio a conocer en conciertos, nuestro dúo posteriormente, y fueron llegando partituras del mismo público que decía: "Mi abuela tocaba de estas músicas, y aún tenemos algunas en la casa". Entonces surgieron partituras desde Valparaíso, Santiago, Temuco, Talcahuano, Concepción, Lota y también desde las llamadas "librerías de viejos". Y siempre estaban empastadas en gruesos álbumes, y muchas de ellas se repetían, lo que demuestra que eran muy difundidas, por ejemplo, la Zamacueca "White", la jota "El Guitarrico", el intermezzo de Caballería Rusticana, el pasodoble "Curro-cúchares", y la "Canción Nacional" entre muchas otras.

- ¿De qué se trata el repertorio del disco?
- Está basado en toda esta recopilación desarrollada por más de 15 años. Lo último encontrado fue un viejo libro empastado donde venía, por fin, el intermezzo de "Caballería Rusticana", que el célebre guitarrista español Antonio Alba arregló en Valparaíso, y que sólo lo habíamos visto en los índices de los catálogos, donde las casas editoras de música anunciaban sus publicaciones

Toda esta recopilación es como un espejo donde vemos retratada una época y su música. Zamacuecas, polkas, valses, la misma canción nacional (arreglada para tres guitarras en 1892), que corresponde a la música que se tocó y bailó en las tertulias de la segunda mitad del siglo XIX, e incluso las primeras dos décadas del XX. Un material absolutamente desconocido, y que nos introduce a viejos baúles o cuidadas bibliotecas, desde donde aparecieron las partituras. Esto último es el caso de la colección de Vicente Hernández de Temuco, quien fundó en esa ciudad la Estudiantina de Temuco. También en su casa organizaba tertulias y veladas musicales. En éstas participaban los maestros de música de la ciudad con mandolinas, guitarras, violín, violoncello y una flauta traversa. A través de la señorita Lucía Hernández Rivas, hemos tenido acceso a ese precioso material, y he buscado reconstruir esa "estudiantina de cámara" a través de arreglos.

- ¿Con qué sentido hiciste los arreglos?
- Era muy común en aquellos años realizar arreglos. Hemos encontrado muchísimos. Siguiendo esa costumbre de la época, y con la descripción de las tertulias en casa de Vicente Hernández en Temuco, me propuse reconstruir su sonoridad. Conocía los instrumentos que tocaban y el repertorio estaba allí, solo faltaba escribir los arreglos, porque sin duda, los que ellos hicieron fueron muy circunstanciales y se perdieron.

- ¿Qué valoras de la música latinoamericana y qué de la de tradición europea, en especial en el repertorio para guitarra?
- De lo latinoamericano la extraordinaria pasión para la música. Nunca olvidaré una interpretación que me ofrecieron tres músicos venezolanos, flauta, guitarra y contrabajo, en la ciudad de Barquisimeto. Tocaban un precioso aire tradicional, y de pronto al contrabajista le caían lágrimas de emoción...y luego a todo el grupo, y la transmitían con fiereza, entonces fue una gran lección, porque el arte debe ascender y transformar la materia, como la bailarina en punta de pies, sino no es arte, tal vez solo un buen mecanismo, o lo que sea. Y destaco a Villalobos, sus estudios para guitarra o preludios son maravillosos, y también a Barrios Mangoré, que recorrió todo el continente con su guitarra y su mate, dejando en cada lugar nuevas versiones de sus obras, porque medio las copiaba y medio las rehacía. Y de lo europeo me encanta la relación música-pensamiento del hombre. Por ejemplo, la música de Bach, tan racional (y apasionada) está en completa armonía con el movimiento de pensamiento de su tiempo, las teorías matemáticas o estudio del universo de Copérnico, etc. Y por supuesto los españoles son apasionantes, Sor, Tárrega, en que se puede penetrar a su tiempo a través de su música, que vibra en al aire con aromas y ambientes de entonces.

- La relación con la danza es bastante frecuente en la música de América Latina, ¿es así en el repertorio chileno para guitarra?
- Efectivamente en América Latina hay muchísimas danzas, y todas prácticamente se acompañan de guitarra a excepción de los ritmos negros en su origen. En Chile, la presencia hispana es enorme, y la guitarra está en todas partes, desde el norte al sur, pasando por Chiloé. Ahora, la guitarra chilena, según creo, está definida por esa modalidad de acompañamiento, y se comparte o complementa con sonoridades que vienen del guitarrón chileno, el charango, acordeón etc. De acuerdo a como a sido la historia y la música.

De guitarra en Chile se ha hablado desde siempre. Un viajero inglés, a principios del Siglo XIX anotaba "cada familia posee una guitarra, y casi todos los que la conforman saben tocar y cantar". Y es sabido que insignes personajes como José Miguel Carrera o Portales cultivaban este instrumento. Y En muchos cuadros del pasado podemos ver cuadros donde se toca guitarra y arpa.

- ¿Desde cuándo se puede definir a la guitarra chilena?
- La guitarra chilena se definió así cuando ya surgió una música chilena, danzas, como las zamacuecas que se supone llegaron del Perú, y otros bailes. Y muchas actuales composiciones chilenas para guitarra han encontrado su inspiración en estos ritmos, como los "Preludios" de Miguel Letelier, dedicados a Violeta Parra o la "Cueca bajo un Parrón" de Wistuba, la "Sonata" de Pablo Délano" o el "Concierto Chileno" de Juan Mouras.

- ¿Consideras que el descubrir el repertorio de las tertulias aporta a la identidad musical?
- Sin duda, ya nos permite descubrir toda una música que en su momento fue "la" música chilena de los salones del Siglo XIX, y además está en el alma nacional, en el inconsciente colectivo. Por ejemplo la polka "Me entusiasmo bailando", está inscrita en el folclore, de hecho, Violeta Parra la recopiló con otro nombre y en otras circunstancias, y la misma "Canción Nacional" provoca un gran impacto, porque en guitarras resulta más cálida, incluso más bailable, y se siente muy cercana.

-¿La guitarra chilena es, más bien -y todavía- guitarra española?
- Antonio Alba es el nombre artístico de un virtuoso guitarrista español, que se avecindó para siempre en Chile, primero en Valparaíso, donde arribó en 1892, y luego en Santiago. Fundó la "Estudiantina de Beneficencia de Valparaíso", publicó en Casa Kirsinger más de 200 obras o arreglos, y fue profesor de guitarra de una niña, que debe haber tenido mucho talento: su nombre, Liliana Pérez Corey, que llegaría a ser por muchos años maestra de guitarra del Conservatorio Nacional, hasta su muerte. Ella fue la profesora de casi todos los guitarristas chilenos que en distintos conservatorios han formado nuevas generaciones. Este inicio, sin duda, marca el destino de la guitarra chilena, cuya madre es la guitarra española. Posteriormente salieron los hijos, algunos muy fieles a las enseñanzas del hogar, otros más viajeros y allí estamos todos los guitarristas, iniciando el siglo XXI y creo que siempre con una sana actitud de búsqueda.

-¿Qué crees que define a la guitarra chilena del Siglo XIX y del XX y XXI?
- Pienso que básicamente y en primer lugar su cercanía con el folclore, el modo de rasguear o arpegiar. Me explico: tanto Antonio Alba, guitarrista español que vivió en Valparaíso a fines del S. XIX y Albert Friedenthal, pianista y musicólogo que ofreció conciertos en Chile a fines del S. XIX, recopilaron y publicaron varias canciones que eran ya tradicionales, como "El Tortillero": "Noche oscura, nada veo". Y el acompañamiento que ambos escriben, que corresponde a la guitarra que ellos escucharon, es el mismo. Es un modo de tocar característico, que después pasó por Violeta Parra, por Victor Jara. Y en el siglo XX este concepto se amplía a "lo chileno", como puede ser el paisaje. Y me recuerdo de un notable compositor para guitarra Darwin Vargas, que vivió en Talagante. El viajaba todos los días a Santiago y Valparaíso donde fue profesor de la UC. Y me contaba que sentía, o presentía en sus obras la presencia del campo chileno, como el de Talagante, la presencia de la cordillera y el mar, que veía todos los días, cuando viajaba. Eran factores determinantes en su inspiración, y en sus obras aparece el ritmo chileno de cueca o tonada, mezclado en todo su mundo sonoro. O Iván Barrientos, mi primer profesor de guitarra en Coyhaique, que en 1979 escribió la "Suite Aisén", con una muy emotiva descripción del estado del alma de un ser humano frente a la maravilla de la naturaleza de esa región, que puede ser en un mismo lugar delicada, agreste, blanca de nieve o verde de bosques. Todas esas formas de ver la guitarra, van más allá de un modo de tocar, y aparece una guitarra que resuena chilena en cualquier parte, porque está vibrando con lo profundo de nuestra tierra.

- ¿Cómo percibes la actividad guitarrística en el país? ¿Hay mucha competencia?
- Creo que es un precioso momento. Pertenecer a un movimiento guitarrístico formado por una generación de muy buenos intérpretes es toda una gracia. Y cada cual desea tocar la guitarra cada vez mejor, y grabar su mejor CD o tocar su mejor concierto. Es lógico y oponerse a ello o molestarse, atenta contra el espíritu de superación propio del ser humano. Personalmente trabajo mucho siguiendo un camino propio y escuchando mi corazón. Tengo muchos sueños de interpretaciones, discos o composiciones por realizar y estoy cien por ciento metido en eso. Ahora, en nuestro medio, dedicarse a esta música es difícil, es un camino con tropiezos y aciertos y el éxito está en tocar con la misma dedicación e inspiración grabando un CD o en una escuelita de Huara, Primera Región, donde el auditorio se enternece y te premia con sus aplausos, escuchando un concierto de guitarra por primera vez.

(24 de enero 2003 / por Milena Bahamonde)

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